La empatía; "ponerse en los zapatos del otro"

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“ponerse en la piel del otro”, “no me gustaría estar en su pellejo” o “si yo estuviera en sus zapatos” son expresiones que con frecuencia utilizamos pero ¿qué es verdaderamente ser empático? 


Aunque parece sencillo y evidente, en realidad es un complicado procedimiento psicológico de deducción; la memoria, el razonamiento, la observación de los demás y el conocimiento que permita que una persona entienda los pensamientos y emociones de otras, se unen y así se crea lo que conocemos como empatía. 



Cuando alguien puede entender lo que piensan y sienten los demás, es capaz de ponerse en su lugar; a esta persona se le llama empática.


Mientras que para algunos ser empático es algo fácil, casi “innato”, para otros es difícil y tienen que esforzarse para conseguirlo.



La empatía es una de las piezas clave que forma parte de la inteligencia emocional y ésta al dominio interpersonal.



La empatía es la actitud que permite reconocer, entender y valorar las emociones de los demás. Es decir, ser empáticos significa tener la capacidad de “leer” las emociones de los demás.



Se ha estudiado desde varias disciplinas, como la Teología, la Filosofía, la Etología y la Psicología. Los avances de la neurociencia en cómo funciona nuestro cerebro, ha llegado a señalar que nuestra capacidad para empatizar es producto de la selección natural, así que nuestro cerebro ha sido creado para ser empático. Pero aún falta acuerdos sobre su verdadera naturaleza.



También se considera a la empatía como una habilidad que incluye piezas cognitivas y afectivas, comunicativas o conductuales que forman la parte visible de la empatía. Además creemos que la empatía es un proceso intencional, consciente y activo que puede ser activado de manera voluntaria.



A pesar de que a veces puede ser riesgoso para nosotros, a muchas personas nos entristece el sufrimiento ajeno y tratamos de poner fin a lo que lo causa.



La empatía no se trata solamente de ser comprensivo y aceptar positivamente a los demás. Ayuda a comprender mejor a la competencia, por ende, a contrarrestarla. 



El gozo por la desgracia de los demás no es un fenómeno casual de la empatía



Por la empatía ayudamos y nos ayudan. Es un potenciador de valores, que son los motores del diálogo y de la reciprocidad, del amor y la tolerancia.



No sólo vemos cómo se mueve la gente, también podemos intuir lo que piensan de una situación particular a partir de sus gestos, si están aburridos, entretenidos o están en modo de provocación.


Siempre tenemos la creencia de que entendemos a las personas y a otros seres vivos, que sentimos lo que ellos sienten y hasta podemos adivinar sus intenciones. Además de esto, somos conscientes que no es fácil y cometemos errores.


Es la habilidad de comprender lo que siente la otra persona y transmitirlo en un lenguaje acorde a sus sentimientos.



Parece ser que poseemos la habilidad de empatizar sin límites con todo, de conectar todo con patrones que nos son conocidos y así construir puentes imaginarios entre nosotros y los demás sin considerar como diferente lo que es verdaderamente diferente.


La empatía es como un “adhesivo de las relaciones sociales”


Hoy en día, la empatía es muy valorada porque evita la violencia y promueve que los individuos se preocupen por el bienestar ajeno.


La empatía es esencial para nuestra supervivencia y evolución moral, porque posibilita comprender lo que sienten los demás y la subsistencia en la sociedad.




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No se podría sobrevivir sin la interacción con otros, no se siente bien estar solo. El hecho de poseer la habilidad de ponernos en el lugar de lo demás, comprenderlos y ayudarlos, hace que tengamos una interacción satisfactoria, lo que nos permite evitar la soledad y el aislamiento, obteniendo un beneficio mutuo.



¿Y en qué se basa la empatía? Según investigaciones científicas, existe un grupo de factores que pueden interactuar entre ellos. Una parte “nos viene dada”, aquí interviene la genética y cómo se han desarrollado ciertas áreas del cerebro. La empatía está también vinculada con varias sustancias químicas como la oxitocina la hormona del amor.


La empatía es nuestro radar social



Nuestros sentidos son importantes; algunos individuos con un olfato más agudo tienen una mayor habilidad para ponerse en el lugar de los demás. El olor corporal de nuestros semejantes puede de alguna manera atraernos y ayudarnos a desarrollar empatía. 



Aunque los factores biológicos tiene un peso significativo, casi siempre son alterados por la educación que se ha recibido, las experiencias que hemos tenido y el entorno en el que nos encontramos.



Existen trastornos mentales que se distinguen por la ausencia de empatía (trastorno de la personalidad, esquizofrenia, episodios depresivos graves, trastorno del espectro autista, etc.). 



Es cierto que, mientras más pronto se trabaje en esto, más probable será que aprenda esta habilidad, ya que el cerebro de los niños cambia con mayor facilidad y aprende rápidamente. 



El cerebro adulto, también se puede educar; esto genera alteraciones en la química del cerebro que, a su vez, consolidan las conductas aprendidas.



La empatía es la consecuencia de la interacción entre factores tanto biológicos como ambientales, los cuales están siempre en transformación.



El que quiere adoptar una actitud de empatía debe ponerse dentro de un paréntesis, tomar el marco interno del otro, observar las cosas desde su perspectiva y en esencia, hacer una identificación doble: con la persona y con la situación. Algo así como decirse a uno mismo: “yo también lo haría, si estuviera en tu lugar”. 



Consiste simplemente en desistir de proyectar significados e internalizar la experiencia del otro, observando desde su perspectiva. Es intentar entender la manera en que el otro individuo piensa, siente y percibe el mundo que lo rodea.



La cuestión no es estar de acuerdo o no con ella, sino entender lo que se siente siendo ella. Parece ser muy sencillo pero, en realidad es un reto difícil.




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Contagio emocional


Cuando hacemos nuestras las emociones de otros. Cuando vemos situaciones de alegría nuestros ojos brillan, sonreímos, nos acercamos a los demás, los tocamos, nos erguimos y contagiamos su buen humor. En el momento que vemos la tristeza, nos sentimos abatidos; en ocasiones  adoptamos la postura: inclinamos la cabeza, hombros caídos hacia adelante, nuestra expresión de la cara y la mirada son tristes. Esto se conoce como “contagio emocional”.



El contagio emocional no conduce automáticamente a la empatía. En realidad, no reflexionamos sobre lo que hacemos, simplemente lo imitamos.



El contagio emocional inicia un proceso que lleva a la persona contagiada a establecer una barrera entre ella y el otro. El observador puede seguir percibiendo cierta excitación en él pero ésta no lo hará asumir las emociones ajenas, más bien, lo inducirá a pensar sobre la razón de la excitación del otro.



El observador replica de manera automática los gestos y expresiones de la otra persona ante su comportamiento emocional.


El reflejo del bostezo


Cuando vemos a alguien bostezar nos entran ganas de hacerlo. En realidad, no podemos controlar el bostezo. El bostezo provoca una sensación de bienestar, por lo que el deseo de hacerlo y no poder es muy incómodo.



Cuando estamos cansados, aburridos o tenemos sueño tendemos a bostezar. Es un comportamiento social que va en nuestra biología y está anclado en nuestro cerebro. Un estudio revela que el contagio del bostezo aumenta rápidamente y con mayor frecuencia de amigos y familiares que de conocidos y de extraños.


Neuronas espejo


Las “neuronas espejo”, son las neuronas que se activan al observar lo que siente, percibe o hace una persona. Son neuronas que replican lo que ven y actúan como un espejo. Estas neuronas son las que nos permiten actuar cotidianamente, previniendo y adecuándonos a las intenciones de los demás.



Las neuronas espejo cuando ven el comportamiento apropiado, se activan “por sí solas”, pues parece que la sensibilidad visual y motora están unidas entre ellas.

 


En las personas más empáticas, las neuronas espejo se activan con mayor fuerza.



Tener estas neuronas hace que nuestra sensación mejore o empeore según el estado emocional de las personas a nuestro alrededor. Cuando emiten una visión pesimista o negativa de la vida diaria, puedo llegar a sentirme mal. De modo similar, nos sentimos bien cuando recibimos una visión positiva.


Empatía, simpatía y antipatía


Para establecer relaciones de ayuda, la empatía es esencial, permite sintonizar con la frecuencia emocional de un individuo y comprenderlo.



La simpatía, en cambio, tiene un grado de conveniencia y aprobación tácita del otro, aunque no tiene ese entendimiento íntimo propio de la empatía.

Dos personas que sienten simpatía mutua se ponen de acuerdo sin proponérselo ni esforzarse y desarrollan un afecto positivo el uno por el otro.



La persona que simpatiza es más propensa a preocuparse por sus propias emociones tras la de los demás, como resultado tiene menos capacidad para reaccionar al otro de una manera que coincida con su verdadero estado emocional.



La antipatía es, lo opuesto y forma la base del desacuerdo y rechazo automático y espontáneo de la otra persona. Es un sentimiento tóxico o de rechazo hacia alguien y siguiente a la antipatía es el odio.


La escucha activa


Es muy poco probable que se fomente la empatía hacia los demás si no escuchamos lo que sienten. Una escucha deficiente está en el corazón de muchas disputas y malentendidos. Esto puede verse como un arte que se puede desarrollar con el tiempo, lo que implica que también tenemos la capacidad de aprender a escuchar en nuestras interacciones personales.


La literatura para educar la empatía


El ser humano es un narrador de cuentos. Por lo tanto, si lo que escuchamos contribuye de cierto modo a formarnos como personas, también lo hace aquello que leemos. Las narraciones nos facilitan la comprensión de las acciones de los demás. Leer un relato es pensar con sensibilidad, luego las narraciones permiten comprender los sentimientos de los personajes de la historia.



La literatura ayuda a cultivar la empatía mediante el desarrollo de la “imaginación”, puesto que, las historias pueden hacer que el individuo viva más allá de sí mismo, amplíe su experiencia al sumergirse en la realidad ajena.



Los niños también tienen la posibilidad de “ponerse en los zapatos del otro” a través del teatro y con los juegos de roles.






Este artículo es de carácter informativo. En caso de presentar alguna condición o malestar, acude a un especialista en la salud.




Fuentes


Albiol, L. M. (2018). La empatía: entenderla para entender a los demás. Plataforma.


Breithaupt, F. (2011). Culturas de la empatía. Katz Editores.


Bermejo, J. C. (2012). Empatía terapéutica: la compasión del sanador herido. Madrid: Desclée de Brouwer.


Zárate, Z. E., & SAMADA, C. C. (2022). La empatía en el aula, o cómo enseñar a mirar al otro. In ¿ Cómo fortalecer las relaciones de amistad en la familia y en la escuela? (pp. 89-104). Octaedro.

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